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Cuerpo travesti, espejo de nuestra sociedad, en “Las malas” de Camila Sosa Villada

por María Eugenia Forgue

 

Los cuerpos de los “putos”, los “travesaños”, los “sidosos”, los “enfermos”, cuerpos confinados a los límites, a los reservados de los boliches, a las zonas rojas de los parques, a la oscuridad de la noche. Cuerpos que en caravana o manada merodean los márgenes del mundo, exiliados del hogar de la infancia, excomulgados por las instituciones.

Cuerpos alumbrados en hogares pobres, cuerpos de niños afeminados que no cedieron a los gritos, a los cachetazos, a los cintazos; cuerpos explotados, forzados a exhibir su miseria al mundo. Los olvidados del sistema, los hijos de nadie.

Cuerpos híbridos, con pequeñas narices operadas, pómulos, tetas, nalgas y caderas moldeados con aceite de avión, con “un animal dormido bien guardado en la bombacha”;  bellezas de metro ochenta, con talle 45 o 46 de zapatos. Cuerpos blindados con capas de resistencia al mundo. Cuerpos infértiles, no deseados en su integridad, negados por subversivos, por atentar contra la binaridad, contra las esencias hegemónicas.

Cuerpos decorados a lo patchwork, con las medias de la abuela, el vestido cosido con la tela de la cortina que ya no sirve, el maquillaje descartado por las mujeres de la familia, el perfume robado en la farmacia.  Cuerpos empujados a pequeños crímenes contra la propiedad privada para embellecerse.

Cuerpos de cientos de años de padecimientos, con los riñones maltrechos a golpes, la piel con cicatrices de peleas callejeras, los músculos desgarrados por las palizas, los miembros agujereados por balazos. Cuerpos de ojos y oídos amurallados, de corazones endurecidos y memorias que han dejado de recordar por cansancio, por las tantas muertas y asesinadas, por los manoseos no consentidos, por la paga miserable, por las groserías escupidas, por el linchamiento social.  Cuerpos deshechos por las infecciones, por los clientes miserables, por la policía… cuerpos maltratados por la historia, contaminados de violencia.

Cuerpos con decisiones y deseos amenazados de muerte desde la infancia, condenados a la mediocridad, arrojados a la ignorancia por la rabia paterna, la sumisión materna, la ausencia del Estado. Cuerpos devorados por un destino inquebrantable, programado por otros; empujados a la prostitución o a limpiar la mugre ajena, para comer y pagar el alquiler. Cuerpos víctimas de la desidia.

Si alguien quisiera hacer una lectura de nuestra patria, (…) si alguien quisiera hacer un registro exacto de esa mierda, entonces debería ver el cuerpo de La Tía Encarna. Eso somos como país también, el daño sin tregua al cuerpo de los travestis. La huella dejada en determinados cuerpos, de manera injusta, azarosa y evitable, esa huella de odio”. Así se levanta la voz de Camila, cuerpo con voz que clama por drenar el tormento que lo habita. Y junto al de ella, los cuerpos con voz de la Tía Encarna, de María, de la Tucu, la Boliviana, Nadina, que escapadas de los confines del mundo, empiezan a habitar las páginas de nuestra literatura para compartirnos su existir.

 

No conformes con ser sólo el hijo puto, maricón, el hijo de la infancia violenta, eligen transformarse en desertoras. Construyen su comarca, su pequeño mundo rosa travesti, con patios usurpados por árboles, geranios y rosas chinas para rodear su soledad.

Las reinas magas llegan con oro, mirra e incienso, palo santo, marihuana y licores para devolver la piedad perdida al mundo, amedrentar  la muerte, amenazarla de vida. Transportadas por su instinto materno, ayudan a traer hijos al mundo, cobijan bajo sus alas a los desprotegidos,  rescatan de  tumbas de espinas a niños abandonados, resucitan compañeras, amadrinan a las más jóvenes, velan el reposo de las hermanas heridas, hacen vigilia ante la estancia de otras en hospitales o calabozos. Las reinas magas tienen el poder de ayudar a otros a resistir el mundo.

Hacen escapadas furtivas a la escuela, a la universidad, a la academia de teatro para evadir, por instantes su mundo prostibulario.

Encandilas por el legado de Cris Miró, bajo la protección de la Virgen del Valle, de la Virgen de Guadalupe, de la Difunta Corra, de las Diosas Travestis que las protegen desde el cielo, y de su sacerdotisa paraguaya, La Machi Travesti, pasean su encanto por la boca del lobo, satisfacen deseos prohibidos, ofrecen turnos de felicidad a quienes las incluyen en sus planes del deseo.

En aquelarres, contrarrestan el horror del mundo con carnavaladas, canciones de cuna y poemas de Gabriela Mistral.

Las reinas magas, Camila, la Tía Encarna, María, la Tucu, la Boliviana, Nadina, ya con nombres, ya con voces, han comenzado a trepar desde los confines del silencio para sobrevivir a sus propias muertes, y enrostrarnos tan argenta calamidad.

El de Camila Sosa Villada es un arte tan perturbador como luminoso y sensual. No se somete a ninguna servidumbre, excepto la belleza poética.

 

 

 

 

María Eugenia Forgue nació en Dolores el 26 de diciembre de 1981. Es profesora en Lengua y Literatura, e Inglés. Docente en escuelas secundarias de la ciudad y en el I.S.F.D N° 168. Ha participado en proyectos de investigación relacionados con la lectura, la escritura y la literatura en el marco de las convocatorias del INFOD. Actualmente está realizando la Especialización en Lectura y Escritura.