Photo by Marek Piwnicki on Unsplash
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Quemá esas cartas 

por Charlie Byrne Wade

Las releyó y quemó esas cartas. Sentía que se le iba quemando en llamitas azules el corazón. A su alrededor la televisión brillaba en videoclips inútiles en silencio. En la radio una banda de pop de los ochenta decía “Oh, he`s gone…”, y se le volvía a derretir la incomprensión en un rincón absurdo y lloroso de su ajado corazón. 

Volvió a recordar algunos párrafos. Esos párrafos escritos después que la distancia había aclarado las cosas y cuando a veces no es necesario garabatear palabras de más. También el que hacía mención de la una de la madrugada y el camino de la noche. En otro párrafo se había cuidado de aclarar que se las devolvería cuando se volvieran a ver y eso es lo que había hecho. 

Se las dio mirándole los ojos, y enseguida arrugó el puño, pero no dijo nada. Sabía que las encendería, pero no sabía que un cataclismo de verdades le razonaban en tumulto en esa cabezota inútil que tenía. 

No lo vería con la vista fija mirando fijo el chisperío de papel sobre la mesada de la cocina. 

No sabría de esa memoria que porfiada le traía la cercanía de la noche de la una de la mañana, sintiendo las cuatro pisadas que iban cortando la noche a fuerza de linternas a un lugar que el otro sabía y él no. 

Entonces se enredó en pensar en la cercanía de la ruta y la luna llena, y en el frio helado de la última callecita, cuando doblaron hacia la izquierda. 

Se sentó desplomado en la silla, y miró la montañita ennegrecida y humeante en que se habían convertido esas cartas. Eran solo dos, de tres carillas cada una, donde los deslices del amor y las caminatas cómplices por caminos alejados solo echaba ahora un poco de humo agrio, que le hizo arder los ojos y estornudar. También se acordó de algo que no le había escrito, y que no había sido necesario escribirlo, y que luego de doblar por la izquierda, donde unos eucaliptus tiesos hacían una barrera gigante al viento habían sentido. 

Entonces miró hacia la mesita donde estaba el teléfono. 

No sabía si él se acordaría todavía de eso, pero en los tres meses hay cosas que aún se cuelan de tanto en tanto por los vaivenes fríos de las ideas. Y él se acordó justo cuando iba leyendo lo que le recordaba de ese paseo de borrachitos enamorados terminó con unos cuantos revolcones a los besos y esa sensación de chocarse con algo blando tras el eucaliptus de raíz más saltona. 

Cuando el televisor volvió a destellar en celeste a sus espaldas, con los ojos rojos y sobresaltados, dejó de observar los últimos estertores y temblequeos del humo, se dio la vuelta y vio otra vez los eucaliptus suavizados por la luz de la luna llena y justo el haz blanquecino de la linterna en la mano del otro que le explicaba que se había chocado con un bulto, una cosa blanda que quería saber qué era. 

Y lo vio antes que el otro. Y se calló la boca porque no pudo hablar, y le tocó el hombro y el otro se tiró para atrás como sacudido por un resorte que no era otro resorte que el del asombro. Y vio el cráneo destrozado y ensangrentado de una mujer casi arrollado como una bolsa de dormir sucia. 

Se levantaron y el otro se agarró a él y él se agarró al otro. Cuando llegaron le dijo al otro que tenía la campera manchada de sangre y que se notaba. Y decidieron quemar la campera y callarse las bocas. Tener las bocas muy cerradas y muy calladas. 

Cuando decidieron que el amor ya no daba para más, él se fue y le escribió esas cartas de despedida que justo hoy, al llegar a la terminal de micros, y al encontrarse en la vereda, casi como por una casualidad, había metido las manos en un bolsillo y se las había devuelto para tener la seguridad que nadie más las leería y que él, con tanta presteza, había corrido a quemar, sin saber que el fuego había reavivado aquella imagen tétrica de aquel cadáver que nunca supieron quién era enroscado y destrozado en el campo en la noche. 

Cuando se levantó para marcar el teléfono, escuchó que sonaba. 

 Dolores, 2-5-04.

 

Charlie Byrne Wade nació en 1961. Estudió en Dolores y La Pampa, licenciado en Letras y profesor de Literatura, hoy vive y enseña en Madariaga y la costa. Lector voraz, se concibe seguidor de Quevedo, quien le hizo pensar que los cánones occidentales y cristianos en el arte se pueden correr con la poesía de todos los días.