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Un pulover rojo

por Ernesto Forte

Están sentados a la mesa de la cocina el padre, la madre y la hija. Están cenando. El padre, en la cabecera, pone pedazos de pan en la sopa. La madre, a un costado, revuelve el líquido del plato, la mirada hundida en el fondo. En la otra cabecera, la hija, de unos diez años, tiene la cabeza gacha y mientras se lleva la cuchara a la boca, levanta los ojos y espía, entre el pelo del flequillo, los movimientos del padre, que hace ruido al comer. 

La sopera humea en el centro de la mesa. La madre llena su vaso con agua, luego el de la niña. Cuando va a llenar el del padre, él tapa con su mano libre el vaso. La niña ve el movimiento y a su madre mirarlo un segundo, bajar la cabeza reprimiendo un gesto. 

El padre termina de comer. Se levanta. Va hasta la heladera, saca una botella de vino. Abre un cajón. Saca un destapador. Vuelve a la mesa. Se sienta. Descorcha. Llena el vaso hasta el tope. Se lo toma de un trago. Resopla satisfecho. Agarra una miga y juega con ella. La madre recoge los platos. Retira la sopera y el resto de las cosas. Trae una bandeja con manzanas. La niña come una. El padre se sirve más vino. La madre mira sus manos entrelazadas.

La niña se incorpora y cuando está por salir de la cocina, oye al padre. “¿Adónde va usted?”. Se detiene y sin mirarlo contesta. “Tengo que terminar la tarea”. “Vaya entonces”. Cuando la niña regresa, el padre ha vuelto a llenar el vaso con vino, mientras la madre, de espaldas, lava. Aunque el silencio es roto por el chorro de agua y el choque de los platos, algo sordo, innombrable, flota como una neblina espesa. 

Ahora la niña hace los deberes, y la madre, sentada en el mismo lugar, teje. Siempre teje en invierno pullovers que nadie va a usar nunca. Siempre rojos. Teje para no estar sola. El padre, mientras tanto, ha vaciado la botella. Toma el último vaso. Chasquea la lengua cuando termina. Mira a la niña. Los ojos le brillan acuosos. Estira una mano y le acaricia la cabeza. La niña queda suspendida en el movimiento de escribir. La mano áspera se desliza por la espalda hasta el final. Repite la acción, hasta que la voz de la madre suena. “Déjela hacer los deberes tranquila”. Tartamudea. El padre, como si no la hubiese escuchado, “¡Qué linda es mi hijita!”. El sonido le sale borracho. “¡Deje a la niña!”, dice un poco más firme la madre. El padre la mira con furia, aunque se sonríe como si no pasara nada. Apoya las manos sobre el mantel floreado y con esfuerzo, se incorpora. La niña no ha vuelto a moverse, sólo un temblor en los ojos que retienen las lágrimas. El padre, con pasos vacilantes, se dirige hacia la puerta, pero se detiene detrás de la hija. Se agacha y la abraza. Le da un beso húmedo, casi sobre los labios. Le deja impregnado su aliento agrio. La madre casi grita, “¡Basta!”. El padre la mira. Deja a la niña. Sale. Antes de transponer la puerta, se detiene y de espaldas, ordena. “La espero en la cama. ¡Apúrese!”. Luego lo escuchan subir por la escalera. La madre ha quedado con el tejido en las manos, la lana roja, mirando el

hueco de la puerta. La niña suelta el lápiz y se pasa el revés de la mano por el lugar donde el padre apoyó los labios. Lo hace lento y con asco. “¿Te falta mucho?”, dice la madre. 

La niña vuelve al lápiz y al cuaderno. No se apura. Escribe muy despacio. Cada letra que su mano dibuja se clava en el papel como un cuchillo, mientras la madre teje. Un pullover rojo que nadie usará.