El Balcón. Acrílico sobre cartón. 33 x 20,5 cm. D. E. Cocchetti. Chascomús, 2020

Y de qué vas a vivir por Daniel Cocchetti

 

 

 

 

por Daniel Cocchetti

 

Si usted alguna vez, en su temprana o tardía adolescencia, concibió orientar su vocación hacia las Artes, seguro escuchó de boca de sus padres la pregunta que obra como título de esta nota. Es curioso cómo esta interrogación no se produce si su futura carrera fuese Ingeniería, Medicina, Arquitectura o Abogacía. Sólo con las Artes, y si son bellas; peor.

La Historia de la Música rebosa de ejemplos de compositores que, desafiando la insistencia familiar, dedicaron su vida al arte de los sonidos y enfrentaron con fortaleza sus desafíos. No vamos a escribir sobre ellos. En un acto de justicia, serán los que eligieron una segunda ocupación más segura, con apellidos menos conocidos para nosotros, los que desfilarán a continuación.

Sin pretender un orden cronológico, el primero que viene a mi mente es el norteamericano Charles Ives, que pasó a la historia como un innovador de la música estadounidense, pero que tenía un buen pasar gracias a su asociación con Julián Myrick para fundar la compañía de seguros que hasta hoy ofrece sus servicios.

En el viejo continente, un músico llamado Erik Satie, quien compartía amistad con toda la vanguardia parisina de esa Francia de principios de siglo XX, podía vivir humildemente gracias a su empleo en la oficina de correos de Arcueil.

El austríaco Anton Webern, quien allanó el camino de la música electrónica, ostentaba el título universitario de Doctor en Filosofía y, si viajamos hacia Moravia, un maestro de escuela llamado Leos Janacek componía sin cesar las más significativas óperas checas, algunas con libreto de su colega docente Fedora Bartosova.

El periplo continúa en la Rusia de fines del siglo XIX en donde si no se era un virtuoso del piano, violín o cantante de ópera (en lo posible de ópera italiana), pocas esperanzas había de vivir del arte. Así lo atestiguan el Oficial de Marina Nicolai Rimsky Korsakov, el Químico Aliexsandr Borodin, y el empleado ministerial Modest Mussorgsky de quienes hoy admiramos su música.

Para finalizar, el caso que más me asombró es el del sueco Franz Berwald, compositor que poco a poco el mundo va redescubriendo y que en su época, las novedosas armonías de su música no tenían tanto éxito como su profesión de Ortopédico y su negocio de cristalería.

Los dejo porque me piden la cuenta los de la mesa 7.