ZAPPING

por Claudia Espinosa
“…Quise distraerte no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, hábilmente truncos son los que más quedan en la memoria…”
De: «AL LECTOR SALTEADO» DE MACEDONIO FERNÁNDEZ

He estado leyendo una multiplicidad de libros. Distintos géneros, diferentes editoriales, voluminosos, no tanto, nada voluminosos, pero llevando a cabo una acción particular: El zapping lector. En lugar de sentarme a pasar canales, series o películas, me he dedicado a cambiar lecturas. Todo comenzó una siesta cuando dispuesta a hundirme en algún programa de concursos, encontré sobre el sillón una pila de libros que había caído de un estante contiguo. Borges, Bradbury, Bioy Casares, Saer, Tununa Mercado, Jeanmaire, Brizuela, Mujica Laínez, Luis Landero, Villoro. Diez libros al lado del control remoto. Tomé el primero de la pila y seguí con el resto: “Leí, días pasados, que el hombre…” / “Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, …” / “Encontré la mayor parte de las palabras que reúne mi diccionario…” / “El conferenciante entró jovial. Era uno de los salones…” / “La secuencia del gusto no se deja atrapar por una…” / “Siéntese sobre la tapa del inodoro…” / “Y el lunes al mediodía, por fin, suena el timbre:…” / “No podía sino pensar en mi Reina que partía hacia el secreto de las sombras,…” / “Y hablé con ella, y ella escuchó muy seria, sin alterar el gesto,…” / “No entiendo de animales. Me subieron el sueldo, pero no supe a qué animal correspondía…”

El zapping da sus frutos. La cabeza es una mezcladora gigantesca de donde pudieran o pudiesen surgir algunas historias. Hasta me pasó lo que nunca: recordar cómo empieza una novela o como inicia un prólogo.

Las pequeñas virtudes; Contra la interpretación y otros ensayos; Nuestra parte de la noche; Por el camino de Swann; Dublineses; Ulises; La vida de las mujeres; La novela luminosa; Las nieves del Kilimanjaro y otros cuentos; Medio siglo con Borges; Voces; Facundo; Las cosas que perdimos en el fuego; Una felicidad repulsiva; El cementerio de los libros olvidados; Manual para mujeres de la limpieza; Un mundo para Julius; Un perro; El asombroso viaje de Pomponio Flato; Alabanza de la estupidez; Tragedias de Shakespeare; Configuración de la última orilla; Poética; Cómo leer y por qué; Las flores del mal; Música de cañerías; Del tiempo y del río, fueron los que siguieron a los primeros.

Desde esa tarde leo así. Diez o veinte páginas de cada libro. Siempre con el objetivo de no terminarlos. Siempre bogando entre islotes de ingeniería literaria.

Intuyo que este encuentro particular con la literatura deriva de mi amor por el agua. Ese movimiento perpetuo, a veces no visible, a veces violentísimo, rítmico, sonoro, equilibrado. De donde quiera que aparezca el brotar es así: sorprendente. Como la literatura: inabarcable. Como el agua: impetuosa. Y a veces ambas ilegibles. Fingiendo mezquindades y ahogos. Cayendo del cielo. Acomodándose en causes variados: tierra, papel, arena, pantallas, vasijas, cuevas, cartones, piletas, tela, ojos, manos, tanques, hojas y hojas. Meticulosas gotas haciéndose lugar. Albergan vida y muerte. Traen de lejos.

La inundación de libros recorre mi casa. Braceo por la costa de cada ambiente hasta alcanzar los volúmenes. Siempre supe que la salvación vendría de ellos. Me zambullo así con hipo lector como si la respiración se cortara. Justo ahí emerjo y entonces puedo decir que la felicidad es la fluidez de mis ideas junto a las de otros. El riego fertilizador de la lectura a lo loco ha dado sus frutos. Recomiendo intentarlo.