Alejandra Pizarnik: nuestra poeta maldita

por Noelia Ibáñez

 “No quiero nada más que hasta el fondo” se leía en la pizarra que la niña poeta tenía en su departamento de la calle Montevideo. De las últimas palabras que Alejandra pudo decir (y decirse) antes de buscar su ansiado jardín con 50 pastillas de Seconal sódico un 25 de septiembre de 1972.

Alejandra es la palabra que ella construye, es, en el presente, donde recobra infinitos sentidos y re-lecturas tanto de su obra como de su vida. A partir de la publicación de su Correspondencia, sus Diarios y una nueva biografía escrita por Cristina Piña y Patricia Venti, la adoración de los que la amamos y la extrañeza de los que no la conocen aumenta cada día más. El tiempo parece detenerse en los años de su escritura. Un tiempo cargado de singularidades, de rebeldías y de tragedias en la historia que a Alejandra parecían encontrarla ajena. Porque, de cierto modo, era ajena a todo, menos a la palabra. Ella era el poema, su cuerpo tan odiado por ella, buscaba ser el poema. La literatura en Alejandra encierra algo más que el deseo de la palabra, es la palabra quien la desea y la evoca hasta el fin de sus días.

La herida de París

Cristina Piña afirma que Pizarnik es “la poeta maldita argentina” (Entrevista para el programa “Soy lo que soy”). Sin dudas, la primera poeta latinoamericana en conquistar París cuando arribara a su ciudad soñada al comenzar la década del ’60. No es sólo nuestra poeta maldita sino la endechadora, la niña que jugaba con la vida y con el texto sin tiempos ni espacios. La que no es de este mundo y a la que este mundo intentaba retener y, a la vez, desterrar en una intensa urgencia de sexo, amor, atención y, sobre todo, poesía. Para Alejandra “el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”[1]. El retorno a Buenos Aires la sumió en un laberinto descendente, en una suerte de viaje lento pero no sin turbulencias, a la zona deseada, temida, perforada con la palabra. Cuando, unos años después vuelve a París, su herida queda abierta porque son los tiempos del Mayo Francés, de los ´60 en su esplendor político y la bohemia se ha ido de los bares y de las casas de sus amigos que ahora trabajan como cualquier burgués para sobrellevar la vida cotidiana. Una vez más, Alejandra siente la inmediatez de la extrañeza, de lo ajeno en sí misma y en las cosas que le fueron propias.

 

El cuerpo del poema

Pero no solamente escribió poesía, prosa y una obra teatral (Los poseídos entre lilas) que rompió definitivamente con el lenguaje. Alejandra también fue una crítica literaria exquisita, amiga de muchos con quienes mantenía hermosas, intensas y hasta complejas relaciones cargadas de su particular humor y generosidad. Su amistad con Julio Cortázar, Ivonne Bordelois, Manuel Mujica Laínez, Antonio Carrera, se cuentan entre muchísimas más que comenzaron en su Avellaneda natal o en los cafés bohemios de París.

En una entrada de su Diario, 1971, puede leerse “Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana”. La poeta maldita viene de una internación psiquiátrica en el Hospital Pirovano tras otro intento de suicidio. Las palabras ya no le alcanzan, el amor, el abandono del amor y la pasión inusitada que tiene por Silvina Ocampo (de esta relación hay diversas conjeturas y algunas certezas nacidas de la correspondencia) devoran su poema hambriento, es decir, su cuerpo.

La noche soy y hemos perdido.

Así hablo yo, cobardes.

La noche ha caído y ya se ha pensado en todo.[2]

Alejandra vivía en su propio mundo, su tierra literaria, hecha de luces y sombras, de destierro perpetuo y destino casi definido desde su adolescencia. Alejandra es muchos mundos y su vida, su palabra ha sido llevada al cine. Eliseo Subiera la elige como su musa para la protagonista de “El lado oscuro del corazón 2” (2001). Ernesto Ardite y Virna Molina reconstruyeron su mundo en uno de los capítulos de Memoria Iluminada (2011) y el cortometraje “Insólita Belleza, variaciones sobre Alejandra Pizarnik” de Virginia Innocenti, actriz que también llevó a Alejandra al teatro.

La obra completa de Pizarnik no ha sido publicada en su totalidad, hay un registro de manuscritos, cartas y partes de su diario aun guardadas en la Universidad de Princenton. Recomendamos la biografía mencionada y editada por Lumen, así como la Prosa completa y la Poesía completa y los Diarios. El camino hacia Alejandra abre un espacio de ruptura con la palabra y con la vida, un encuentro con la noche y el humor como agonía de los sentidos. Ella rompió con todo lo dado, atravesó todas las convenciones sociales y culturales, y todos los “ismos” de la época en que conjuró su escritura atemporal y ajena a este mundo.

 

[1] Entrevista con Martha I. Moia. Para Revista El deseo de la palabra. Barcelona. 1972.

[2] Septiembre de 1972.