Argentina 1985: narración y simbolismo

 por Noelia Ibáñez

 

No es tarea del cine mostrar lo que debemos mostrar historiadores, sociólogos o las ciencias sociales en general. Esta primera “advertencia” si se me permite, subjetiva y racionalizada desde alguien que analiza el cine como fuente histórica, no es menos ni es tarea fácil en estos tiempos. Cuando las disputas ideológico-políticas ganan terreno sobre el arte hay algo de la crítica que no permite ver el todo. La apuesta de Santiago Mitre, en sintonía con la altísima calidad del cine argentino y sus actrices y actores, es brindar una mirada del Juicio a las Juntas Militares, mundialmente relevante como el Juicio de Nüremberg. Desde varios sectores se le pide a la escena cinematográfica la incorporación de contenidos que a veces no están presentes porque el recorte del propio lenguaje no lo permite o, simplemente, porque el eje está colocado en otro lugar. Por ejemplo, en algunas críticas aun muy interesantes, se tilda a “Argentina 1985” de una suerte de individualización heroica, al colocar la figura de Strassera como un héroe casi solitario en una empresa imposible, sin tener en cuenta el movimiento social y político de las luchas contemporáneas a los años que llevaron a la caída del gobierno militar. En este punto, me parece importante pensar la película en ese todo a veces perdido. La mirada del director focaliza en el proceso del juicio, el recuento de las pruebas que en ese entonces se podían obtener, el ojo por donde en esos tiempos se miraba la propia justicia con sus códigos existentes, y una contextualización histórica aguda. El registro que hoy tenemos nunca puede ser el mismo que al comenzar el gobierno democrático. Y ese el punto más delicado, puesto que no podemos jamás leer la historia de manera descontextualizada.

 

Lo simbólico más allá del registro histórico

 

La película, impecable en su estética, montaje y demás elementos; introduce una variedad de simbolismos que recuerdan en su sginificados a aquellos propuestos en “La historia oficial” de Luis Puenzo. Como ejemplo de esto, puede verse en la actuación fresca y natural del hijo de Strassera (Santiago Armas) a un niño que es el retrato del presente que nace con un horizonte de futuro democrático. Por otra parte, una escena en la que el protagonista, mientras escucha por televisión algunos testimonios de víctimas del Terrorismo de Estado, mirá desde el balcón los edificios vecinos donde hay personas viendo lo mismo y muchas ventanas con las persianas herméticamente cerradas: las ausencias, las muertes, los que no están rodean la estética del film permanentemente. Por último, y sólo por elegir tres símbolos marcados, resulta más que elocuente que el fiscal escuche, en dos oportunidades, el preludio de Tannhäuser de Richard Wagner, cuya obra representa la lucha entre dos mundos totalmente opuestos lo que representa para el protagonista wagneriano la amargura de tener que elegir entre estos mundos y no quedar satisfecho con ninguno como el propio fiscal al no poder aplicar una justicia “total” a todos los enjuiciados o el mismo significado del Juicio que con los años se ve detenido por las leyes de impunidad.

Es una película, que como la mencionada de Puenzo, puede verse en dos planos al mismo tiempo. Y esto es, probablemente porque ambas relatan los primeros años de la postdictadura y en ese sentido abordan el rigor histórico de la época. Cuando cuentan la famosa “teoría de los dos demonios” es porque era la teoría imperante, y parece muy simplista y hasta arrogante, creer que se la cuenta desde el presente. Lo que nos está indicando y recordando una vez más, es que se debe mirar la historia en su contexto para poder luego criticarla, apuntar hacia lo que falta o a la carencia de “verdades”. “Argentina 1985” nos sigue permitiendo la reflexión, la recuperación del sentido de pertenencia a una época atroz que hay que seguir recorriendo aunque sea un camino doloroso. Nos abre más puertas para poder mirar lo que tanto necesitamos para continuar construyendo una vida en democracia.