Barbariño y la resonancia

por Pablo Pioluch

Mención especial en la Convocatoria de Primavera – Cuento breve

   Barbariño es un niño callado, introvertido y taciturno. Confieso que me preocupa sobre manera su ensimismamiento. Pienso que debo distraer su melancolía o se va a morir de tanto aburrirse. Hago de todo para llamar su atención pero él no se inmuta. Me juzga ridícula y me mira con una expresión carente de entusiasmo y de palabras. Bueno, lo de ridícula es un agregado mío, porque Barbariño no habla. Opino que me juzga ridícula por la forma en que me mira. Una imagen dice más que mil palabras, ¿no es cierto? Pero resulta que Barbariño no es una mera imagen. Lo sé porque corroboré su corporeidad. A veces quisiera golpearlo para que reaccione. Bueno, confieso que ya lo hice. No sé si me faltaron fuerzas o si no advertí con precisión cómo le respondió el cuerpo.

Las manos son más poderosas que la lengua porque no se ocultan. Pienso que Barbariño también lo sabe y es por eso que no habla. En todo caso, me fastidia. No solamente conmigo no habla, sino con nadie. Lo raro es que su mutismo no lo volvió salvaje. Se hace entender mediante señas y se las rebusca. Aunque cuesta creerlo, en la escuela le va bien y nunca se metió en problemas. Por momentos, no sé si es un niño o una planta. Me pregunto qué errores cometí para que sea así. Al padre no lo conoce porque lo fleté casi de entrada. Barbariño vive en el suelo. Juega con muñequitos de plástico muchas horas y emite sonidos hacia adentro, pienso yo. Es tan callado y tan bueno que me asusta. No lo mandé al jardín de infantes porque quería educarlo sola. Ahora va a primer grado y si no empieza a comunicarse como es debido, voy a tener que tomar medidas más drásticas.

Vivo en una caja. Las paredes son de cartón pintado. El techo es desplegable y el grosor del suelo es doble. Es temprano y desde la ventana un tímido sol, emite una luz somera. Mi casa no tiene ventanas pero el astro rey no discrimina. Tampoco se acerca ni mide sus fuerzas con nuestras existencias menores.

Mi invisibilidad se vuelve corpórea en la insignificante magnitud de la desesperación. Pariente del estertor, del susurro y el cuchicheo, vago por el aire y los pájaros se espantan. Sin embargo, el silencio concluye adueñándose del cielo. Tengo una fuerza efímera, escasa, fugaz. Aun así, algo permanente, se agazapa de este lado de los vientos. A veces soy tan indiferenciado que me vuelvo multitudes. Me confunden con el clamor y suelen omitir que a todos los habito. Hasta que los resortes de mi espíritu, no tocan el declive más profundo del mundo, no me manifiesto ni me elevo. Se diría que no tengo identidad y que por lo tanto, no decido ni respirar por mi cuenta. Pero cuando la tensión del espacio, se hace más compacta, los engranajes del planeta, acuden inevitablemente a mí. El adverbio es apocado y esconde la furia del verbo que también soy.

¿La indiferencia nos exime del dolor? ¿Hasta cuándo podrá Barbariño vivir abroquelado en su absoluto silencio? Parece no sentir necesidad alguna. Los demás somos nada para él. ¿Sufrirá en su tiranía? Siempre igual a sí mismo y tan ajeno del mundo como una deidad.

Quiero ver las reacciones de Barbariño sin golpearlo o me voy a morir de culpa. Prefiero que se manche todos los dedos con la tinta a que permanezca quieto y en silencio como un mueble.

¡Qué sola y frágil está la libertad! Desde el suelo y tantas veces me rompí las manos que crecí de golpe y a los golpes. No puedo decirle a mi madre que soy un niño encubierto, que sé su dolor y que prefiero callarlo. Aprendí a alejarme de mí mismo para recobrarme en fantasías y ensueños. Pasan los años como rayos de sol por mi memoria y todavía hay una historia esperando su resolución.

Me hace temblar su crueldad para consigo mismo. Parece un viejo decrépito en el cuerpo de un niño que casi no juega. Sería completamente espantoso no haberlo nunca visto reír o despertarme una mañana y oír una risotada demente en las facciones de mi hijo. Quiero que sonría y esté contento y escucharlo cantar de alegría.

Mi mamá se llama Costanza y algún día sabrá de mis metamorfosis. Por ahora, pienso que está bien vivir en silencio y cantar para adentro. Porque para cantar creo que es necesaria la voz y estoy afónico de tanto mirar ya ni sé qué. Hay sonidos que se me atoran en el cuerpo, en la presión del cuello y siento como un collar de melones en el ánimo.

Por momentos, pienso que Barbariño se hace el tonto por conveniencia. Voy a seguir hablándole porque le adivino un grito en los ojos.

Mi madre piensa que no hablo por astucia, porque así estoy más cómodo y es mucho más fácil y llevadera la vida. Pero yo quiero hablar y no puedo. Amo las palabras y a la vez las detesto. Me confunden. Me marean. Es como si fueran intangibles y el peso que contienen me lastima. Quiero pensar que la música es más benévola y más tolerante.

Tiene como una inexactitud que lo obsesiona hasta el ridículo. ¿A qué le teme? Por qué no habla? Y yo quiero que cante y me desespera y cuando lo zamarreo es peor. Parece una tortuga metiendo la cabeza en el caparazón.

No es que no me importa nada ni nadie. Si fuera así no sufriría y diría lo que siento sin tapujos. Soy como un montón de marcas que arrastro y recuerdo mis vidas anteriores y me quedo azorado y petrificado.

No puedo obligarlo a hablar. Le tengo una paciencia infinita y pensar que el parto fue tan suave y tan rápido que casi no lo noté. ¿Contra qué lucha este niño? ¿Qué fantasmas sobre humanos lo mortifican? Los dibujos que hace no sé cómo interpretarlos pero bueno, ahí está, en el suelo como siempre. Al menos se expresa de esa manera. Voy a cuidar su mundo, su universo de colores y silencios, hasta que me broten sus árboles infantiles y podamos comunicarnos con menos dificultad.

 

 

 

 

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