«Compás de espera», el último libro de Daniel Calabrese

por Gabriela Urrutibehety

Un compás de espera es un silencio.  Y en el silencio de Compás de espera, el último libro de poemas de Daniel Calabrese que publica Alción, se escucha el sonido de una guerra lejana. Extraña lejanía, porque la guerra está a muchos kilómetros de distancia para los que esperan, pero por esto mismo termina resultando una presencia ominosa para estos soldados de relevo a los que les han dicho que “Irán a combate apenas regresen los muertos,/ los heridos y los cansados. /En ese orden.” Es una guerra, la de Malvinas, que ocurrió hace 40 años y por eso los sonidos vienen amortiguados. Aunque llegan justo mientras otra guerra lejana en el espacio se hace presente por todas las pantallas, nuestras ventanas al mundo exterior.

“Este es un libro basado/ligeramente en mi biografía”: Calabrese fue reclutado para la guerra de Malvinas y su escuadrón destinado a la Patogania como primer relevo. Por distintas circunstancias, cada vez que debían embarcar hacia las islas, el viaje se suspendía. Nunca llegó al frente pero transitó toda la guerra esperando el momento en que los llevaran. El libro sobre esta espera llegó –otro doblez del sentido- 40 años después de los hechos.

En la contratapa, Enrique Foffani señala: “Sin patetismo, con precisión, poco amigo de la ambigüedad, es uno de los libros sobre la guerra menos autocomplacientes y más humildes en el instante de enfrentarse con el dolor.” Y en esa humildad que menciona el crítico está la potencia del verso

El primer poema, “Río de cuchillos”, está dedicado a Raúl Zurita, el gran poeta chileno.  Tres líneas se lanzan en este inicio: las metáforas de los ríos y la de los cuchillos, y la que se explicita en los primeros versos del poema. “Te voy a contar una historia, amigo mío:/hace muchos años, en los años del óxido,/me enseñaron a odiar tus países”. Y más allá de las referencias históricas precisas, los años del óxido y el odio a tus países son puertas abiertas desde el poema para mirar la(s) guerra(s). Cualquiera de ellas.

El poemario está dedicado  “a los 649 †, a los 255 †, a los 3 †”, una matemática que habla de los muertos en Malvinas: 649 argentinos, 255 ingleses y 3 isleños. Un sustantivización del número que propone una visión de la guerra como derrota de la humanidad y una persistencia de la muerte como el destino de toda reflexión. Incluso, de toda espera.

Experiencia, recuerdo y escritura son caras de una moneda tridimensional: “usted/no confía en que un buen libro/se pueda escribir con este cuchillo” le dice a la muerte quien suscribe la afirmación “Tomé la decisión de escribir un libro” y lo convierte en título de poema. La respuesta de la muerte es “si va a escribir con un cuchillo/debería conocer la diferencia/entre el vacío y la nada”. Y la duda del que va ha tomado la decisión queda, sobre el final, pendiente, como toda pregunta que inquieta: “¿será la diferencia entre matar y que te maten?”.

Junto con los cuchillos, la de los ríos es otra de las metáforas que atraviesan todo el libro. “Los ríos, el idioma/de la tierra cuando le habla al mar”, dice también el poema inicial. En una entrevista Calabrese consideró que se trata de  “una metáfora de metáforas cuya recurrencia se reafirma a sí misma: el flujo permanece pero en contante transformación.”

“Desorden y derrota” es el poema que cierra el libro. Resume y condensa. Pide “Solamente un último deseo:/no hablen de triunfos ni derrotas”. Habla de la muerte y los cuchillos. Retoma al soldado Rodríguez fumando en la trinchera (como para que no queden dudas de que es la guerra, la guerra real). Y sentencia que “este es un libro que no termina”. Desorden y derrota que se reconstruyen en torno a la palabra. La palabra “espera”.