Definitivamente, no

Es como si  se esperara la escritura de alguien. Antes se esperaba la llamada. Ahora se espera la escritura. O dependiendo: la voz. La voz que no es una llamada es un mensaje de voz. Y es mensaje y no llamada porque puede terminar en monólogo.  El que recibe esa voz, tiene todo el derecho de no responder. Antes se perdían por un cable las ganas de decir algo. Si no se atendía la llamada uno se quedaba con aquella novedad atravesada. Ahora no, sale lo que tenemos ganas de decir y listo. Y el receptor, se reserva el derecho de oírnos, ya que puede dejarlo para más tarde y olvidarse o “clavarnos el visto” y no oírlo nunca.

A pesar de estos detalles, cada día se espera un algo, sea mensaje, mensajito, hilo, imagen, video, voz, invox, #tbt, @loquesea, flyer, álbum, favorito, emoji, gif, stickers, etc. Cuando no se recibe nada, se revisa todo, no sea cosa que algo se nos haya escapado. Por suerte todas las aplicaciones, sistemas y software se encargan de avisarnos. Sonidito, luz, parpadeo, temblor, encendido automático. Antes era el timbre, la campanilla, las palmas, el perro, el tero o inclusive el ganso.

Ahora sí, no hay que olvidarse el dispositivo porque si no de nada nos enteramos. Además  tener algo externo en la mano nos brinda compañía. Es como si todos los conocidos nos siguieran a donde fuéramos; incluso en nuestros momentos más íntimos algo puede sonar. Y ahí están nuestros 805 followers en una habitación de cuatro metros cuadrados. Tiene su encanto. Nos descubren lunares y arrugas. Ven qué crema usamos  o si la espuma de afeitar es Extra Comfort o Sensitive. Y aunque ya sepan estos secretos, se los enviamos, los compartimos y los hacemos públicos. Vamos escribiendo nuestra autobiografía. Un ahorro de tiempo que le dicen para seguir en la red hasta la muerte. Ya las redes han planeado todo para entonces.  Sea un contacto legado, cuenta conmemorativa o eliminarnos, aunque nunca podrán hacerlo definitivamente.

Claudia Espinosa