Diario de lector: Cómo ser una familia infeliz

por Gabriela Urrutibehety

El lector que escribe un diario lee Encrucijadas, la última novela de Jonathan Franzen. Todo un acontecimiento editorial, con recomendaciones y críticas entusiastas. Un libro de más de 600 páginas que, por otra parte, se anuncia como el inicio de una trilogía. Al lector que escribe un diario le gustan las promesas de este estilo y se imagina al escritor encadenado a la promesa de completar las 1200 páginas restantes.

Como en otras novelas anteriores, Franzen se encolumna tras el proyecto tolstoiano de escribir sobre familias infelices. La fórmula que abre Ana Karenina  -“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”- define a la novela como la anti-épica. Los Hildebrandt se inscriben entre aquellas cuyas historias vale la pena leer, personajes parecidos a cualquiera que uno conoce. Por su parte, la materia narrativa está al alcance de la mano, lejos de los tiempos heroicos, como la banda de sonido de nuestras vidas o, cuando mucho, de vidas muy reconocibles.

No es novedad para el lector que Franzen escribe muy bien. En esta novela es un autor que decide no hacer trucos raros ni esconder palomas en sombreros, sino contar algo que valga la pena. Quizás el desafío más importante  –como hace Stephen King- esté en lograr que los lectores se lleven a su casa un libro tan gordo y se mantengan pasando una tras otra las páginas hasta llegar al final.

Desde la portada, las cosas están claras. El título alude, en sentido literal, al grupo religioso en torno al que giran buena parte de los conflictos. Pero también –sin trucos, repite el lector que escribe un diario- en su sentido metafórico habitual, el de un punto de la vida en el que se deben tomar decisiones. La foto que ilustra la edición española –también la original- muestra dos jóvenes vestidos con la inconfundible moda de los 70, bajo un árbol, uno de ellos tocando una guitarra. Porque la historia transcurre entre finales de 1971 y comienzos de 1972, entre las vísperas de Navidad y Pascua, con el sonido ambiente de la guerra de Vietnam. Se abre con una parte llamada “Adviento” lo que ubica en el ambiente religioso, puesto que la novela relata las encrucijadas de la vida de la familia de Russ Hildebrandt, un pastor protestante, su esposa Marion, y sus cuatro hijos.  Llegando a este cruce de caminos hay muchos carteles indicadores.

Cada uno de los integrantes de la familia –excepto el hijo pequeño, lo que hace que el lector ya imagine por dónde andará parte de la continuación- enfrenta su propia encrucijada, en la que Dios no es la parte menos importante. Infidelidad, consumos problemáticos, sexo, dietas salvajes, pacifismo o guerra, sensibilidad social (o su reverso): por estas rutas andan los Hildebrandt, tan particulares, tan parecidos a cualquiera. Cada capítulo hace foco en uno de ellos y desde su perspectiva narra lo que sucede. Ese es uno de los grandes méritos de la novela, el punto de vista, la perspectiva.

En una entrevista, el lector que escribe un diario ha leído que Franzen, antes de esta novela trabajó en once guiones televisivos de una hora. Y la técnica del guion se nota. Se nota en la continuidad de un capítulo a otro, especialmente en el tramo final de la novela, cuando se habla principalmente de los tres hijos mayores. Un trayecto narrativo lleva la tensión hasta un punto altísimo que coincide con el final. La  resolución se dará en el capítulo siguiente, pero casi como una nota al margen, porque el centro de la atención estará en otro personaje, en otro conflicto, con el hecho que había mantenido el suspenso en el capítulo anterior ya resuelto. Una interesante manera de narrar, piensa el lector que escribe un diario, aunque tal vez se note demasiado la receta.