El gato blanco

Este cuento fue seleccionado  en la Convocatoria de Otoño de Revista Desde Acá por un jurado compuesto por María Ignacia Sansi, Andrea Galeano y Javier Chiabrando.

Tercer lugar en la Convocatoria de Otoño 2023 Revista Desde Acá

de Ernesto Tancovich

Fue dos semanas antes del infortunio. Gloria, luego de servirle el desayuno, comentó:

—Tu madre desvaría. Dice que anoche entró un gato blanco y durmió a su lado. Pero allí no había ningún gato.

—Se habrá ido.

—¿Por dónde? La ventana estaba cerrada.

Me encogí de hombros.

—¿Qué importancia tiene?

—Puede ser un mal síntoma.

Quise llevarle yo el té de la noche. Me pidió que dejara la puerta entreabierta, lo suficiente para permitir el paso de un gato, y en el vano un plato con leche.

—Desde mi casamiento no había vuelto a tener gato —dijo.

Papá odiaba a los gatos. Les disparaba con el rifle de aire y reía a lo loco cuando acertaba.

—Estás entrando en su delirio —protestó Gloria, al ver que vertía leche en el plato

—Nada cuesta darle el gusto —dije, alzándome de hombros.

Así que un gato. No tenía visto ninguno en la vecindad, y menos de color blanco. En el edificio lindero no admiten animales y del otro lado viven los Levin.

—No me gustan los gatos —decía doña Rosita Levin, la boca fruncida en desagrado—. Ni los circos.

La ventana da a los fondos de un mercado chino. Tal vez en la noche el vuelo de una bolsa de plástico escapada del patio mugroso haya sido vista como el deslizarse de un gato.

El plato amaneció intacto. Quise que mamá lo viera.

—Parece que anoche no vino —comenté.

—Sí vino. Pero es otra clase de gato —respondió, por toda explicación.

Y sonrió como si su pensamiento estuviese fuera de mi alcance.

En adelante yo me encargaría del gato y Gloria de atender a mamá.

Volvíamos a la cocina, luego de haber suministrado a ella su té y al gato fantasma la ración de leche

—Mirá esto —dijo.

Se había detenido ante el sector de pared reservado a la fotogalería familiar. Rara vez le dedicábamos una mirada.

Cuatro generaciones se congregan allí. De la más antigua solamente hay tres fotos: la del pasaporte del abuelo, ampliada, el retrato oval de la abuela y, entre ambas, una solemne composición de estudio, dedicada a la posteridad, que los muestra sobriamente encantados con mamá de meses. En varias, algunas sepiadas y borrosas y otras incisivamente nítidas, aparece mamá niña. Gloria señaló una, tomada en aquel patio con macetas y baldosas flor de lis que a veces creo haber conocido. Mamá, de seis o siete años, sentada en el sillón de caña, descansa las manos sobre un gato blanco adormilado en la falda.

—Ahí lo tenés. El famoso gato blanco. Una regresión infantil, claramente

—La hace feliz. Dejala.

Comprendí que el tiempo de mamá ya no corría en sentido único. Se detenía, volvía atrás, se arremolinaba, tomaba desvíos inesperados. Quizá fuese así para todos, llegada la edad en que sueños y realidad se confunden. No teníamos derecho a imponerle nuestra rutinaria percepción lineal.

La mañana en que no despertó, por primera vez encontré vacío el platito de leche. Aturdido, me asomé a la ventana. En el patio los chinos trasladaban cajas al interior del local. Ningún gato a la vista.

Luego de que partiera el furgón de la funeraria, recorrí las habitaciones, haciéndome cargo de la ausencia. Me detuve ante las fotos. Allí persistía, riendo con los nietos; junto a papá, jóvenes los dos en alguna playa; con nosotros en la plaza Alem; de blanco en su fiesta de quince; muy chica en el patio de las macetas.

Algo había cambiado. Sobre el regazo ya no estaba el gato. Su lugar lo ocupaba una de aquellas muñecas de los años cincuenta, Marilú o Linda Miranda. De amplio vestido blanco con volados, los ojazos de plástico la miraban fijamente. Llamé a Gloria,.

—Mirá esto.

—Mmmh… A veces la vista engaña. No hay buena luz aquí. Aquella noche veníamos con la idea del gato. Eso nos habrá confundido.

En el velorio había aún poca gente, unos vecinos. De la familia tardarían en llegar. La señora Li, del mercadito, cuchicheaba con los Levin algo del precio del aceite. De pronto doña Rosita se erizó, dio un breve grito, espantada. Seguí la dirección de su mirada. Un gato merodeaba el féretro. Era blanco.

Como si la hubiesen llamado, una empleada del velatorio apareció con un escobillón, dispuesta a expulsarlo.

—Déjelo —musitó Gloria—. Está todo bien.

—¿Todo bien? ¿Está segura?

—Todo bien, sí.

—No entiendo cómo entró ¿Es de ustedes?

Gloria no contestó.

El gato quedó por ahí, acicalándose. Finalmente se echó bajo el féretro. Adormecido, cada tanto entreabría los ojos.

Comenzó a llegar gente y lo olvidamos. No sé en qué momento desapareció. Supongo que durante el ajetreo de la despedida.

Volvimos en taxi del cementerio, Gloria miraba fijamente hacia adelante. No hablábamos. Supe que nos rondaba el mismo pensamiento.

Ya en casa anduvo dando vueltas, indecisa o como si disimulara cierta intención. Adiviné que su itinerario tenía por destino el rincón de las fotografías. En cuanto la vi detenerse allí,  me acerqué.

Tenía los ojos clavados en la del patio de las macetas. Al regazo de la remota mamá niña había regresado, al mismo tiempo que nosotros a casa, el sigiloso gato blanco.

Todo estaba finalmente en su lugar.