La noche    

Segundo premio Convocatoria de Primavera de Cuento Breve Revista Desde Acá

por Esnesto Tancovich

 

El fin del mundo sobrevino a altura de Garín, pasada la estación del peaje, en sentido sur-norte. Las luminarias de la autopista, los focos de la Ford y las luces de los vehículos precedentes se extinguieron. La repentina oscuridad borró las líneas demarcatorias. Perdido el campo visual, pedí a Mary que me guiara.

—No sé qué pasa —dije—. No veo casi nada.

—Te salís del carril, volanteá un poco a la derecha. Ahí, por ahí, bien, vas bien.

Busqué el refugio de la banquina. El auto trepidó al tomar lo desparejo.

—Cuidado, te vas para el guardarraíl.

Enderecé, bajé la velocidad, frené, respiré, hice girar la mirada.

La misma negrura, a izquierda y derecha, apenas punteada por algunos brillos titilantes. Tuve la descabellada esperanza de que el mundo se hubiese apagado también para los demás.

— ¿Vos ves? —pregunté.

—Sí, claro que veo —dijo.

—Estoy ciego —dije.

Cierro los ojos, los froto, los abro, pestañeo y nada, el velo no se rasga. Ha llegado la hora tan temida. Pienso en lo que quedará a medio hacer y en lo que vendrá. Los pasos alumbrados por el bastón blanco; los cristales negros que encubrirán la mirada vacua; los dedos aplicados a reconocer alineaciones de puntos en una torpe cacería de palabras.

El glaucoma ha ganado la batalla, quizá la guerra.

Pienso en la doctora Guirao.

Posará con levedad su mano en mi hombro, me conducirá hasta una de las máquinas, colocará una gota fría en cada ojo, apoyaré sobre un metal plano el mentón y contra un metal curvo la frente, pedirá que mantenga bien abiertos los ojos, oiré zumbidos, habrá luces que no veré. Luego de una pausa muda en que la sabré revisando mi historia clínica  indicará, reticente, nuevos estudios.

—No podré manejar —digo—. Pidamos el remolque.

Mary emite un sonido raro, entre suspiro y lamento.

—Dios mío —parece decir.

Escucho el chasquido de sus uñas en las teclas del celular, el tono lejano de llamada, la voz impersonal de una grabación, marque uno, marque dos, marque siete, escucho dos minutos de una versión ramplona de Eleanor Rigby y enseguida otra voz, esta por fin humana, algo cansada.

—Soy Milena, ¿en qué puedo ayudarte?

Oigo a Mary recitar el número de documento, el de patente, el modelo y color del auto, precisar nuestra ubicación, la oigo respirar agitada mientras la distante Milena consulta la demora.

Pienso en ese otro mundo que se avecina, conformado de voces, sonidos, olores, ángulos, texturas. Los volúmenes, especulo, se traducirán en líneas, los sonidos en alturas y distancias, las texturas en manchas de color. Pienso en Borges, en Ray Charles, en Degas. Pienso en Tucho Lazslo y pienso en las pinturas que Tucho Lazslo supo extraer de las tinieblas. Recuerdo vívidamente uno de los cuadros de Tucho Lazslo, El rey Arturo en el campo de espinos. Pienso en espinos.

Retrocedo veinte años. Ante el mostrador de la aseguradora se presenta el de la cara quemada a cobrar los pocos pesos de la invalidez.

—Una luz muy grande alumbró el puerto —nos cuenta—. Cuando desperté las brujas me habían quitado los ojos. Las oía hablar y no podía verlas.

Después en su expediente leeríamos: “Quemaduras graves y pérdida de la visión por explosión de tubo de acetileno en circunstancias de estar realizando tareas de soldadura en el puerto”.

Brujas, enfermeras, la noche todo lo confunde.

Cruza por la memoria Rulo Montes. El saxo barítono de la Banda Nacional de Ciegos frasea por enésima vez Días de vino y rosas. Lo sigue a pasos cortos, lentos, como pensados uno por uno, Salvador Papalardo. Aire de santito, dientes de conejo, los ojos entrecerrados, la media sonrisa de quien ve algo que se nos escapa, lo veo tieso en el ataúd y, entre las manos, el bastón magullado, oigo que alguien, justifica la extravagancia. “Quién sabe si por allá no le hará falta”.

Puede que uno de estos días  pase a ser yo el cieguito del barrio. Uno más en la cofradía del bastón blanco, con Tucho Lazslo, con Salvador, con Rulo Montes, con el hombre del puerto. Los que supieron  robar algo de la noche: colores, sonidos, alguna revelación hermética, una fábula oscura.

Me abandono, hago a un lado los cieguitos de mi vida, cierro los ojos. Nada cambia, salvo cierta errancia de los brillitos, chispas que agonizan en una noche que se anuncia duradera.

—Ahí viene —dice Mary.

Como si lo viese, un festival de focos rojos salpica de reflejos naranjas la carrocería del dinosaurio color huevo, lo oigo frenar, la puerta se abre, el chofer salta a tierra, los borceguíes hacen crepitar el pedregullo, nos da las buenas noches, pregunta qué pasó. Por la voz trato de imaginarlo: más bien joven, no muy alto, moreno o acaso pelirrojo, cuerpudo, de uniforme azul. Pronuncia la ese aspirada de los santafesinos. “Que debemo’j salir del auto”, dice.

Mary me lleva del brazo, las rodillas tropiezan con el guardarraíl, me siento, el metal es frío, mojado de rocío y algo filoso. Oigo el correr de los autos por la autopista, empiezo a notar diferencias en el ruido de los motores, pienso en nuestro perro, capaz de distinguir a cientos de metros un auto de otro aunque sean del mismo modelo; los autos amigos de los autos enemigos; el Corsa rojo que nos trae a la Gracielita, del Corsa plateado que lleva al odioso abogado de la esquina.

Paso lista a los que aprendieron a orientarse en la noche: el búho, el murciélago, el lobo, el ladrón, los caracoles, las chicas audaces, el desesperado, los travestis, los mosquitos y aquella que, nombrada en voz baja, sólo el perro sabe reconocer.

Registro la secuencia de ruidos metálicos, la rampa que desciende hasta golpear el suelo, el chirriar de las lingas, el rodar sordo de las poleas, los quejidos de los amortiguadores, el clang clang de los pernos que aseguran la plataforma.

Mary me conduce hasta la escalinata del camión, subo, sube, nos ponemos en marcha, el hombre no habla, ella tampoco, ni yo. Los pensamientos zumban, el fragor de la autopista establece un modo de silencio dotado de peso y volumen.

Voy calculando nuestra ubicación, Maschwitz, Escobar, Loma Verde, estimo que acabamos de pasar Rio Luján, pregunto por dónde andamos, Otamendi, dice el hombre. Erré por pocos kilómetros, voy bien, iré bien, no apuraré juicio sobre la nueva vida que se abre o me encierra y que conozco sólo de oídas.

Pienso, pienso, pensaré como nunca antes he pensado, seguramente la ocupación central del ciego es pensar, pensar en esto y en aquello, en lo hondo y en lo tonto.

Pensar.

Y al cerrarse cada noche cerrar los ojos y en ese pacto con la oscuridad dormir, y en el sueño, de a ratos, volver a ver. Algunas caras, alguna calle, un árbol, perros, fantasmas, algo, todavía.

Todavía.