Premiación del Concurso Literario “Hoy te vengo a contar”

En el marco del Día Internacional de las Personas Mayores (1 de Octubre) y organizado por la Unidad Sanitaria Martín Fierro del Municipio de Moreno junto al Programa de Salud del Adulto y  Revista Digital Desde Acá, el 15 de octubre se realizó el acto de premiación del Concurso Literario “Hoy te vengo a contar” como parte de la Jornada de Salud de lxs adultxs dentro del cual se realizaron variados talleres que apuntaron a acompañar en el cuidado de la salud integral.

Lxs premiadxs en el concurso literario del que participaron numerosxs interesadxs fueron:

CARAS Y CARETAS de Liliana Patricia Labouret del Barrio La Perlita.

EL ALMA AL CUERPO de Juana Alicia Albano del Barrio Villa Herrero

ANOCHE TUVE UN SUEÑO de Mónica Liliana Camerota del Barrio Trujuy

Además se entregaron dos menciones especiales y certificado de participación a todxs los concursantes.

Como parte de la premiación se publican  a continuación los tres trabajos mencionados:

Caras y Caretas (cuento)

Autora: Liliana Patricia Labouret

 Normita después de tener numerosos novios, al fin se casó y nos invitó a su fiesta. Ella fue compañera de Cacho y mía en el Nacional. Hipocondríaca, siempre de consultorio en consultorio, de hospital en hospital al final ¡se casó con un médico! Suertuda.

El casamiento lo hicieron en el Paláis Royal. Una suntuosidad impresionante.

La recepción espectacular. Nos dieron una copa. Después me di cuenta que yo tomé varias. Luego pasamos por todos los foodtrucks con: sushi, comida mexicana, ceviche, tiraditos, comida árabe, carnes asadas, comida para veganos. Todo acompañado con distintas salsas de colores y aromas variados. Ante tanta bastedad Cacho me dice al oído: “hasta después del carnaval carioca no nos vamos”.

Luego pasamos al salón. Toda la decoración de color salmón suave. Sonaba de fondo Love of my life de Queen preparando el clima. Parecía de ensueño. Nos dieron el número de mesa. La treinta. Al sentarnos nos dimos que cuenta de que quedábamos en la esquina del salón, al lado de los parlantes.

Había seis lugares en la mesa. Dos ocupamos con Cacho. Faltaba el resto. Seguí tomando un poco más. Cacho estaba tan contento que me seguía diciendo: “hasta después del carnaval carioca no nos vamos”.

Comencé a ver que se acercaba una pareja hacia nuestra mesa. Parecían actores de Hollywood. Él me dio un beso en la mejilla:” ¿No te acordás de mí?”. Ahí lo reconocí. Era Guillermo Weber, mi noviecito de secundaria.” Sí”, le dije. Y lancé una risita nerviosa. Comencé a balbucear frases hechas:” ¿cómo estás? “,” tanto tiempo “,” Normita nos volvió a reunir”. Inmediatamente me saqué los anteojos para parecer más joven. Cacho, que no guarda la compostura nunca, lo abrazó. Le hizo chistes. Luego, Guillermo, nos presentó a su pareja: parecía Scarlett Johansson. Botox y silicona por todas partes. ¡Y claro, Guillermo es cirujano plástico!

Con Cacho nos casamos a los 19 años, muy jóvenes. Él estudiaba Ingeniería Industrial y yo, medicina. Quedé embarazada. Dejamos los estudios. Yo fui madre de tres hijos. Me dediqué a la casa. Cacho se hizo mecánico de autos, oficio que heredó de su papá. Su trabajo nos permitió tener una casa propia, un auto y salir de vacaciones. Él es muy reconocido por su trabajo y tiene una frondosa clientela. No tenía las manos preciosas de Guillermo, porque las de él siempre estaban llenas de grasa, pero nos permitían vivir bien.

Faltaban más invitados a esta mesa estudiantil. Avisaron que el rubio, Juan Mondragón, no podía asistir. Un contratiempo de último momento. Era dueño de varios boliches bailables. Era el rey de la noche. Nos enteramos a sottovoce que había caído en cana por problemas con drogas.

La última en llegar a la mesa fue Silvina Álvarez. Toda la vida fue una traga. Terminó su carrera de antropóloga y ahora es directora de un museo. Delgada, enfundada en un vestido negro de encaje, con espalda descubierta. Súper elegante. Nos saludamos. Como siempre Cacho abrazándola y diciéndole lo contento que estaba de volver a verla. Y seguía repitiendo: “hasta después del carnaval carioca no nos vamos”.

Entraron los novios, saludos y fotos. Luego se repetían en un vértigo alucinante comida y baile, comida y baile. Poca charla, por suerte, porque con los parlantes no nos escuchábamos. Cacho se divertía: estar sin los pibes comiendo y tomando, compartiendo anécdotas le fascinaba. El resto de la mesa se divertía con él. Seguía insistiendo: “hasta después del carnaval carioca no nos vamos”.

La única que parecía estar incómoda era yo. Me sentía un total fracaso en ese vestido que me habían prestado y con veinte kilos más después de mi tercer hijo. Parecía un matambre arrollado. Las sandalias me apretaban. Y claro, siempre andaba en zapatillas. Los demás parecían exitosos y nosotros, bueno, nosotros hicimos lo que pudimos.

Ahogada, salí a fumar al patio. Sin los anteojos veía poco. Bueno, mucho no había para ver. Pero a los lejos distinguí alguien que me miraba y me sonreía. También lo miré y me sonreí. Parecía que me conocía. Mi corazón palpitaba fuerte al ver que se acercaba y me dijo:” ¡Hola!”.

Y yo respondí a su saludo. Distinguido, alto, unos veinticinco años. Con un mechón de cabello rubio que le caía en la frente. Me dije: “Qué buen mozo, entre tantas mujeres me encara mi “. Continuó hablándome: “No sé si será el momento, pero quería hacerte una consulta “. El corazón me latía más rápido, me preguntaba si yo todavía podía desatar pasiones en otro hombre que no fuera Cacho. “Si”, le dije. Entonces exclamó con total desparpajo: ”No sabe si Cacho mañana abre el taller. Tengo un ruidito en el auto que quería escuchara”.

Se me cayó la mandíbula, me puse colorada y le grité: “Nene, sos un desubicado” Fui hasta la mesa y le dije a Cacho: ”Al carnaval carioca quédate vos”. Agarré mis cosas y salí sin saludar a nadie.

 

El alma al cuerpo (cuento)

Autora: Juana Alicia Albano

Mi tía abuela Adelaida nos contaba que en su infancia a la sopa la odiaba. Todavía creía escuchar a su madre diciéndole; “vamos, tómala porque si no lo haces, viene el hombre de la bolsa y te lleva”. ¿Cómo se le podía ocurrir semejante maldad a los padres de antaño? Los niños la tenían que tomar porque no les quedaba otra alternativa, ante semejante amenaza. A mí siempre la sopa me pareció algo insípido y desagradable, pero por suerte nunca fui obligada a tomarla.

Las circunstancias de la vida, hicieron que la tía conociera, siendo muy jovencita, a un militar chileno con el cual se fue a vivir a su país, al pueblo de Valdivia, recién casada. Al poco tiempo se produjo un gran terremoto, no sé si uno de los más grandes ocurridos allí. Mi tía se salvó de milagro, perdió todo: a su marido, la casa donde vivían con sus animales domésticos y la granja. Pudo protegerse en el momento del sismo porque había pasado por la iglesia a saludar a su virgencita. Ese lugar fue uno de los pocos sitios que quedó en pie en todo el pueblo.

Atontada y desesperada corrió hacia donde estaba su hogar, le costó encontrarlo, lo reconoció por una muñeca que halló entre los escombros; se la había dado su madre como un recuerdo de su niñez. Estuvo deambulando de acá para allá sin comer ni dormir, no encontraba a nadie conocido, su barrio había desaparecido. Después de tres días, llegó la ayuda y recién entonces pudo tomar agua y comer un poco de pan. Estaba todo destruido, incluido los caminos, la ruta, por eso era que la ayuda demoraba en llegar. A la semana pudo tomar o comer algo caliente, al principio no podía precisar qué era lo que estaba tomando hasta que se dio cuenta, era como una especie de caldo o sopa, increíblemente fue para ella la comida más reconfortante del mundo.

Después de permanecer dos semanas en la calle, la llevaron a un centro de evacuados ubicado en otro pueblo donde recibió asistencia médica, vestimenta y comida, durante dos meses. Si bien la comida escaseaba, nunca le faltó un plato de sopa con algo pastoso que nunca pudo precisar qué era pero que le devolvía el alma al cuerpo. Se había quedado sola, sin su esposo, parientes ni casa. Al mes le dieron la noticia de que estaba embarazada y debía guarda reposo absoluto por lo menos hasta el tercer mes porque estaba en riego de perderlo.

Mi tía recuerda todavía, no obstante el tiempo transcurrido, los olores que percibía mientras permaneció primero en el centro de evacuados y luego en el hospital cercano a Valdivia. Estos eran de la gente herida, mutilada, del sudor de los enfermos, también de las enfermeras y médicos. Pero hay un olor que para ella era inconfundible, el de las personas que le llevaban comida. En su ropa tenían impregnado el aroma de la sopa que diariamente recibía a las doce de mediodía. El olor era dulzón, le daban una de verdura en la que predominaba el choclo, el zapallo y la zanahoria con algo de cebolla. Se hizo amiga de la gente que la ayudó en eses momento tan difícil de su vida. Perduró la amistad con ellos, con los que se carteó durante varios años y se visitó también.

De grande comprendí que la tía Adelaida visitaba tan seguido la iglesia del pueblo y también por qué con frecuencia repetía que “a veces la vida se comporta como una taza de caldo o sopa caliente que nos reanima y llega justo cuando más la necesitamos”.

Anoche tuve un sueño (poesía)

Autora: Mónica Liliana Camerota

Anoche tuve un sueño

donde las lágrimas no estaban

desbordaba mi alegría

me decías que me amabas.

Me decías que era un sol

que tu vida iluminaba,

que era la luna brillante

que tus noches apasionaba.

En tus ojos yo veía

que mi nombre reflejaban,

mil caricias en tus manos

y en tus labios una pasión desenfrenada.

Caminamos un sendero

llenos de flores blancas,

donde una canción de amor

los pájaros nos cantaban.

 

Y al final del camino

una luz se asomaba,

era Dios que nos decía

que nuestro amor eternamente sellaba.

De pronto sentí un dolor

muy profundo aquí en mi alma,

comenzaba a despertar

una lágrima asomaba,

el sueño había terminado

y tú, tú ya no estabas.

Anoche tuve un sueño…

Anoche tu sí me amabas.

La Revista Desde Acá felicita a todos los participantes y a la Unidad Sanitaria Martín Fierro del Municipio de Moreno.