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Sabe mi hermana

Tercer premio Convocatoria de Primavera de Cuento Breve Revista Desde Acá

por Paula Velcheff

 

Hoy me levanté más temprano que ella. En realidad nunca dormí. Esperé que se fuera para el otro lado de la casa, la vi bordear el cantero, caracoleando. Quería hacer lo que dice mi hermana, que cree en esas cosas raras y toma yuyos.

—Vos pensá fuerte fuerte y se te cumple.

Pero no se cumplió, no se cayó. Capaz que no apreté mi cabeza con tanta fuerza. Hace mucho que vengo pensando. Porque si se cae, le va a doler. ¡Ah! Qué lindo si le duele, yo me voy a esconder cerca de la puerta de la pieza y me voy a reír fuerte, muy fuerte. Y si me grita le voy a decir que estoy acordándome de una cosa graciosa, total, qué sabe.

A mi hermana la quiere un poco más, pero no tanto como para pensar que es la preferida. No creo que esta vieja loca prefiera a nadie, ni ella se prefiere.

Siempre la miro por el agujerito de la ventana. Ella la tapó con ese nylon negro y grueso que le robó al de al lado, pero yo le hice un agujerito con la punta de la lapicera. Por ahí la miro y aprieto mi cabeza para que se caiga, pero no se cae.

Hace tanto frío en esa cocina que ni se pudre el cacho de queso que tiene arriba de la heladera. La más alta fue a comprar, todo para que yo no llegue -porque mi hermana llega, por eso debe ser un poco preferida-.

El jueves arrastré el banco largo, lo puse lo más cerca que se puede contra la mesa, arriba del banco puse la silla roja y con el palo de revolver la estufa enganché la bolsa del pan. Cuando se dio cuenta que el pan no estaba empezó a gritar mi nombre. Yo sabía por qué, pero me hice la boluda.

— ¿Qué hice ahora? —le dije.

Pero no me escuchó, siguió gritando sin parar y me llamaba con la varita en la mano. Entonces me agaché para adelante, para que no me viera y me metí los dedos en el fondo de la garganta y vomité. Es lo único que a la vieja le molesta tanto que no me pega –hasta cuando estornudo me pega.

Al queso nunca llegué, pero me lo imagino. El mes pasado también le robé pan, qué sé yo cuántos días estuvo ahí. Porque del hambre que tenía lo comí apurada y estuve descompuesta como dos días, con diarrea y todo. Mi hermana me contó que la vieja se reía porque el cachito que dejé tenía pelos verdes.

Nosotras acomodamos la silla y el banco así no se da cuenta. Porque con mi hermana hicimos unas rayitas en el piso para no perder tiempo de embocar en el lugar justo y como la vieja no ve ni limpia mucho, le hacemos trampa. Ponemos todo justo ahí arriba de las rayitas entonces, si nos pesca, es un palazo menos, o un platazo menos, según lo que tenga en la mano.

Ahora me metí en la cama con mi hermana que está calentita. Ella ni piensa en robarle el pan porque come siempre en la casa del novio. La suegra sabe bien cómo es la vieja y la quiere a mi hermana. Y a veces me manda algo en unas bandejas de esas de la rotisería. Entonces yo las escondo debajo de mi cama y después las quemo y desaparecen, para que la vieja de mierda no me pegue.

Voy a ver si me duermo, apretando la cabeza para que se cumpla.

Ahí viene, ¡plac!, la ligó el gato. Seguro que se le entreveró en las piernas, pobrecito. Es medio tonto ¿querrá perder el otro ojo? Los gatos no piensan dice mi hermana.

Que no venga, que no venga, que no venga…

Pasa un rato y no se escucha nada. Pero me empiezan a arder los ojos, le quiero contar a mi hermana, pero me parece que está dormida.

—Siento olor a kerosene —le digo mientras la zamarreo del brazo.

Mi hermana empieza a abrir los ojos y se los refriega como si a ella también le molestara algo.

— ¡Vamos a ver! Pero no hagas ruido.

Abrimos un poco la puerta que da a la cocina y vemos a la vieja que putea porque se le ahogó el fuego. Empieza a hacerle viento con un diario. No pasa nada, pero el humo es cada vez más oscuro. Agarra unos marlos del canasto que está al lado, los tira enojada. Las chispas están como locas hoy. Una le salta en la cara, se da vuelta y se toca donde le duele. La parte de atrás de la pollera le agarra fuego. Grita nuestros nombres.  Los chanchos también gritan así cuando los matan. Mi hermana me tapa la boca con la mano. La viejas sale corriendo para el patio y el fuego la sigue. Cerramos la puerta de la cocina y vamos por el otro costado para ver que hace. No se le distingue la cara, está caída, dura, incendiada.

Empezamos a escuchar voces y golpes en las chapas. Deben ser los vecinos.

—Vos pensá fuerte fuerte y se te cumple –dice mi hermana mientras me agarra con fuerza de atrás para que me quede con ella.