Vacío

Este cuento fue seleccionado  en la Convocatoria de Otoño de Revista Desde Acá por un jurado compuesto por María Ignacia Sansi, Andrea Galeano y Javier Chiabrando.

Primer lugar en la Convocatoria de Otoño 2023 Revista Desde Acá

de Paula Velcheff

Cada vez que bajo estas escaleras me pregunto si no me llevan a mi pueblo o a tu puerta. Necesito oler la tierra colorada y su perfume. Más que nada cuando llueve. Porque no es cualquier perfume, es el que se mezcla con las santarritas, los íbicus y los plátanos. Y ver como caen las gotas desde tan alto y las plantas agradecidas se menean despacio y su ojos mojados me sonríen.

En cambio acá cuando llueve, tarda en llegar el agua, primero pasa por los edificios, cae por los balcones y ventanales de vidrio grueso, por las fachadas de piedra. Y a nuestra ropa no llega límpida. Tiene olor a hierro y problemas de otros. Porque así los siento, no son míos. Porque los problemas de mi tierra están lejos y me duelen. Porque los problemas que escucho a diario parecen inventados. Porque lo existencial cambia cuando se cruzan los grandes charcos.

Voy veinte minutos bajo esta tierra de emperadores y olor a esclavos. De los primeros quedan los muros y las riquezas encerradas, de los otros, todo. Son los que mueven los hilos pesados y suben las piedras.

Miro este piso que se mueve que va a terminar en Colosseo. Todas las veces que nos bajamos nos quedamos pétreos mirando esas paredes que gritan tanto. A pesar que sabíamos que estaban allí al subir la escalera abarrotada, el asombro estaba intacto. Miro las pieles pulidas, algunas más perfectas que otras pero ninguna en carne viva como al salir del mar. Lo único que no pueden esconder son las miradas, como cuadros de costumbre.

Me detengo a mirar el asiento vacío de al lado. Tengo esperanza. Pero pasaron varios meses y sé que no va a ser tu cuerpo el que lo ocupe.

No volví a sentir tu perfume o cómo quedaba en tu piel. Única. Irreemplazable. Viva.

Y yo pensando, todos los días pensando lo bien que me va, lo triste que estoy. Muchos días vivo en automático, como mi casa. Puerta de entrada, ascensor, luces que me detectan. Apoyo la mano y se abre mi puerta. Se cierra lento como acariciando mi llegada. Primero se encienden las luces tenues, llego al escritorio y ellas se apagan y me espera el sillón de gran respaldo apenas reclinado. La estufa se encendió media hora antes y puedo disfrutar descalzo de la alfombra que me arropa los pies.

Vinimos juntos y te fuiste. No sé dónde, solo escribiste “Lo siento, no resisto esta jungla, tampoco voy a volver a casa, no me busques. Si debe ser, nos encontraremos. Te quiero”.

Desde ese momento sueño con la mano escribiendo esa despedida y me sobresalto con la sensación de que me mira desde el costado de la cama. Muevo las manos queriendo agarrar las suyas pero no están, queriendo que me abrace pero no está, queriendo aún… Cada vez que transito los caminos que se trenzan y llegan al centro histórico, la imagino reina de esos muros, que se esconde entre las columnas, y corre. Y la alcanzo.

Llegamos llenos de sueños pero solo con ellos no puedo, me pesan. Porque eran de los dos y ¿cómo sigo? Si ella los veía tan claros, tan nuestros.

No le temo a esta selva y sus leones, sé por los caminos que debo andar y los transito. Conozco todos los juegos y escondites y mis tramperas esperan. Lo que sí temo es no volver a ver su piel en carne viva, cuando salía del mar y me abrazaba. Cuando nos quemábamos los pies en la blancura de las piedras y el azul mediterráneo. Llegábamos agitados a Ostia Antica. El último tramo era gratis para nosotros. La última vez nos descubrió el guarda justo dos paradas antes de bajarnos. Creo que nos perdonó porque se dio cuenta que ella ya no me pertenecía.

Por eso cada vez que bajo las escaleras y espero para transitar bajo la tierra de emperadores, miro para todos lados. Miro los asientos vacíos, las puertas que se abren. Y espero que un milagro me lleve lejos.